Atenea, la diosa ojizarca, inspiró en las entrañas
a la cuerda Penélope, prole de Icario, el ponerles
por delante a los mozos en casa de Ulises el arco
con los
hierros de guerra brillantes, señal de matanza
[…]
Tras saciarse de llanto y suspiros
dirigióse al salón al encuentro de aquellos sus nobles
pretendientes, cogido en las manos el arco retráctil
con la aljaba preñada de hirientes saetas. Al lado
le llevaban sus siervas un cofre con bronces y hierros,
instrumentos de lucha que un tiempo sirvieran a Ulises.
La. mujer entre todas divina avistó a sus galanes
y a la puerta quedó del salón bien labrado; ajustóse
el espléndido velo, cubrió sus mejillas, sus fieles
servidoras pusiéronse a un lado y a otro y, al punto,
la palabra tomando ante ellos habló de este modo:
«Escuchad, pretendientes altivos que un día tras de otro
a comer y beber a esta casa venís, cuyo dueño
falta de ella hace
ya tantos años, y no habéis podido
discurrir más razón para hacerlo que el solo deseo
de casaros conmigo y llevarme de esposa. Pues éste
se mostró como el premio en disputa, ¡oh donceles!, yo os voy
a poner por delante el gran arco de Ulises divino
quien de todos
cogiendo en sus manos el arco de Ulises
más de prisa lo curve y traspase las doce señales,
a ése habré de seguir alejándome de esta morada
de mi esposo, tan bella y tan rica de todos los bienes,
de la cual, bien seguro, tendré que acordarme hasta en
sueños.»
[…]
Cuando hubieron libado y bebido a placer, hete a Ulises,
rico en trazas, que a hablar comenzó maquinando su
engaño:
«Escuchad, los que aquí pretendéis a la más noble reina,
lo que el alma en el pecho me impulsa a decir; y entre
todos
hago a Eurímaco el ruego y a Antínoo, divino en figura,
ya que éste os acaba de dar el juicioso consejo
de cesar en el tiro y dejar lo demás a los dioses,
pues mañana uno de ellos dará la victoria a quien quiera
Pero, ¡Ea!, entregadme a mí el arco, que aquí ante
vosotros
haga prueba de brazos y fuerzas y vea si conservo
la pujanza de antaño en mis miembros flexibles o puso
fin a todo mi vida errabunda y la falta de cuidos.»
[…]
Tal hablaban los mozos y Ulises, el rico en ardides,
levantando en sus manos el arco lo vio por entero.
Bien así como un hombre perito en la lira y el canto
tiende el nervio que estrena arrollándolo en una clavija
sin esfuerzo, ya atada en sus cabos la tripa ovejuna
retorcida y sutil, con igual suavidad allá Ulises
su gran arco tendió; por su diestra probada la cuerda,
resonó claro y bien como pío que da golondrina.
Gran pesar invadió a los galanes y todos mudaron
de color; tronó Zeus con fuerza mostrando sus signos
y de gozo llenó al divinal, pacientísimo Ulises
la señal del gran hijo de Crono, el de corvos designios.
Tomó luego la aguda saeta que a mano tenía
descubierta en la mesa; el carcaj encerraba otras muchas
que en su carne iban pronto a probar los argivos. Fijóla
contra el codo del arco, tiró de la cuerda y las muescas
y, del mismo escabel donde estaba sentado, apuntando
bien derecho, la flecha lanzó; no marró en uno solo
de los aros de hachas; el asta con punta de bronce
traspasándolos todos afuera salió.
[…]
Más Ulises sagaz los miró torvamente y les dijo:
«¡Perros viles, que ya os figurabais que yo nunca habría
de volver de la tierra de Troya y estabais por eso
devorando mi casa, os llevabais al lecho a mis siervas
y a mi esposa asediabais estando yo en vida, sin miedo
de los dioses que habitan el cielo anchuroso o cuidado
de futuras venganzas por parte de hombres! Ya ahora
prisioneros a todos os tiene la muerte en sus lazos»
Así dijo y el pálido espanto tomó a los galanes,
que miraban por dónde escapar a la abrupta ruina.
Sólo Eurímaco alzó allí la voz y le dijo en respuesta:
«Si en verdad eres tú aquel Ulises y has vuelto a la
patria,
con razón has hablado de cuanto los dánaos han hecho,
mil locuras aquí en estas salas y mil en los campos;
pero ya en tierra yace el culpable de todas, Antínoo.
Porque él fue quien llevó a los demás a tamaños desmanes,
no en verdad por deseo o interés en aquel matrimonio,
mas mirando a otro fin que el Cronión realizarle no quiso:
ser en Ítaca el rey, en su hermosa ciudad y en el pueblo,
solo él, tras matar a tu hijo en traidora emboscada.
Muerto está y en justicia; tú, empero, perdona a estas
gentes
que son tuyas; nosotros, después, del común pagaremos
lo comido y bebido en tus salas y a más, como multa,
te traerá cada cual el valor de diez pares de bueyes
entregándolo en bronce y en oro; y, en tanto tu alma
satisfecha no esté, sufriremos sin queja tus iras»
Mas Ulises sagaz lo miró torvamente y le dijo:
«Bien podríais, ¡oh Eurímaco! , darme los bienes que habéis
heredado entre todos y aún más añadir de otra parte,
que mis manos no habrán de dejar la matanza hasta el punto
en que logre del todo vengar vuestro gran desafuero.
Dos extremos os quedan, no más: enfrentaros en lucha
o escapar, si libraros podéis de la muerte y las parcas;
mas no pienso que muchos rehúyan la abrupta ruina»
A esto en ellos quebró el corazón, flaquearon sus piernas,
mas Eurímaco alzó nuevamente su voz y les dijo:
«Este hombre, ¡oh amigos!, no habrá de dar tregua a sus
manos
formidables; cogidos en ellas el arco y la aljaba,
seguirá en ese umbral disparando hasta haber acabado
con la vida de todos: pensemos por tanto en la lucha,
las espadas sacad, oponed como escudos las mesas
a sus flechas mortales,
tengámonos firmes y unidos
contra él, que, si al fin conseguimos echarle del porche
y la puerta y salimos afuera, daráse la alarma
sin tardar y habrá disparado sus Últimos tiros»