CANTAR DE LOS CANTARES
Hermosa eres tú, oh amiga mía, como
Tirsa;
De desear, como Jerusalén;
Imponente como ejércitos en orden.
Aparta tus ojos de delante de mí,
Porque ellos me vencieron.
Tu cabello es como manada de cabras
Que se recuestan en las laderas de
Galaad.
Tus dientes, como manadas de ovejas
que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y estéril no hay entre ellas.
Como cachos de granada son tus
mejillas
Detrás de tu velo.
Sesenta son las reinas, y ochenta
las concubinas,
Y las doncellas sin número;
Mas una es la paloma mía, la
perfecta mía;
Es la única de su madre,
La escogida de la que la dio a luz.
La vieron las doncellas, y la
llamaron bienaventurada;
Las reinas y las concubinas, y la
alabaron.
¿Quién es esta que se muestra como
el alba,
Hermosa como la luna,
Esclarecida como el sol,
Imponente como ejércitos en orden?
Soneto, Francisco de Quevedo
Es hielo abrasador, es fuego
helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero
paroxismo;
enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es su
abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí
mismo!
Égloga, Garcilaso de la Vega
Por ti el silencio de la selva
umbrosa,
por ti la esquividad y apartamiento
del solitario monte m'agradaba;
por ti la verde hierba, el fresco
viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseaba.
Ay, cuánto m'engañaba!
¡Ay, cuán diferente era
y cuán d'otra manera
lo que en tu falso pecho se
escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja, repitiendo
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