Este Tiresias, famosísimo en las ciudades aonias, daba respuestas irreprochables a gente que se las solicitaba. La primera que puso a prueba la fiabilidad y la validez de sus predicciones fue la azulada Liríope, a la que en otro tiempo el Cefiso envolvió en sus meandros y, encerrada en sus aguas, la forzó. De su vientre grávido la hermosísima ninfa dio a luz un niño, ya entonces digno de ser amado, al que llamó Narciso. Al preguntarle ella sobre él, si llegaría a ver los largos años de una vejez madura, dijo el adivinador del porvenir: «Si no llega a conocerse a sí mismo». Durante mucho tiempo parecieron vanas las palabras del augur; pero el final y los hechos las ratifican, y el tipo de muerte, y la novedad de su locura.
Pues el hijo del Cefiso había cumplido un año más de quince y podía pasar por niño y por joven; muchos jóvenes, muchas muchachas lo desearon pero ningún joven, ninguna muchacha lo tocó (tan terrible soberbia cabía en belleza tan tierna). Mientras perseguía a unos asustadizos ciervos para atraparlos en sus redes lo vio una ninfa de hermosa voz, que no había aprendido a no contestar al que habla, ni a hablar ella primero, Eco, la que repite los sonidos. Eco era todavía un cuerpo, no únicamente una voz; y sin embargo, utilizaba, parlanchina, su boca del mismo modo que ahora, repitiendo de muchas palabras siempre las últimas. Esto había sido obra de Juno, pues, siempre que tenía posibilidad de sorprender a las ninfas en el monte yaciendo debajo de su Júpiter, Eco, muy prudente, entretenía a la diosa con largas conversaciones hasta que las ninfas huyeran. Cuando la Saturnia se dio cuenta dijo: «Tendrás poco control sobre esa lengua por la que he sido engañada, y un limitadísimo uso de la voz». Y confirma sus amenazas con hechos; Eco solamente repite los últimos sonidos de las frases y reproduce las palabras que ha oído. En fin, vagaba Narciso por parajes apartados cuando lo vio y se enamoró; sigue sus pasos furtivamente, y cuanto más lo seguía, más se inflamaba con la proximidad de la llama, del mismo modo que el vivaz azufre que impregna la punta de las antorchas arrebata las llamas que se le acercan. ¡Cuántas veces intentó aproximarse con palabras suaves y presentarle dulcemente sus pretensiones! Su naturaleza se opone y no le permite empezar; pero ella está dispuesta a esperar algún sonido para repetirlo con sus propias palabras, cosa que sí le está permitida. Y ocurrió que el muchacho, apartado del grupo de sus fieles compañeros, dijo: «¿Hay alguien ahí?», y Eco respondió: «Ahí». Él se asombra, lanza miradas en todas direcciones, da grandes voces: «¡Ven!»; ella llama a su vez al que la está llamando. Él mira hacia atrás y, como no viene nadie, dice de nuevo: «¿Por qué huyes de mí?», y recibió como respuesta tantas palabras como pronunció. Él insiste y, engañado por el reflejo de una voz que le respondía, dice: «Aquí, juntémonos», y Eco, que no respondería de mejor grado a ningún sonido, repitió «Juntémonos»; y ella misma ayuda a sus palabras, y, saliendo del bosque, se disponía a rodear con sus brazos el cuello tan deseado. Él huye, y en su huida dice: «Quítame las manos del cuello; prefiero morir a que goces de mí». Ella no repitió nada más que «que goces de mí». Despreciada, se oculta en el bosque y cubre su rostro avergonzado entre el follaje y desde entonces vive en grutas solitarias. Pero su amor permanece, y aumenta con el dolor de verse rechazada, y el sufrimiento que la mantiene en vela hace adelgazar su pobre cuerpo, la flacura arruga su piel, y toda la frescura de su cuerpo se evapora en el aire. Sólo le quedan la voz y los huesos; la voz permanece; dicen que sus huesos se transformaron en piedra. [Desde entonces se esconde en la espesura, y no se la ve en ninguna montaña; todos la oyen; el sonido es lo que pervive de ella.]
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