domingo, 30 de octubre de 2022

Historia del Mercader y el Efrit [Las mil y una noches]

PRIMERA NOCHE

HISTORIA DEL MERCADER Y EL EFRIT

Schahrazada dijo:

“He llegado a saber, ¡oh rey, afortunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países.

Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus negocios. Como el calor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dátiles, y cuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mercader repuso: “Pero ¿cómo he matado yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al arrojar los huesos, dieron en el pecho a mi hijo y lo mataron.” Entonces dijo el mercader: “Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Tengo muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permiteme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.”

El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que le correspondía. Después contó a su mujer y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo con su familia hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió a partir, y tomando su sudario bajo el brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos y se fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.

En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mientras estaba sentado, llorando su desgracia, he aquí que un jeique se dirigió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: “¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?”

Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan prodigiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.” Después, sentándose a su lado, prosiguió: “¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y allí se quedó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar frecuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jeique se dirigió hacia ellos, llevando una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla.

A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tormenta, se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al mercader: “Ven para que yo te mate como mataste a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.” Entonces se echó a llorar el mercader, y los tres jeiques empezaron también a llorar, a gemir y a suspirar.

Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar ánimos, y besando la mano del efrit, le dijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mercader?” Y el éfrit dijo: “Verdaderamente que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuentro extraordinaria, te concederé el tercio de esa sangre.”

 

Si deseas conocer el final de la historia, puedes consultarla en el siguiente link:

https://ciudadseva.com/texto/las-mil-y-una-noches-02/

 


La Tortuga y los dos Cuervos, fábula de Esopo.

Cierta Tortuga algo ligera de cascos y de carácter veleidoso, cansada ya de su monótona existencia y de vivir siempre en un estrecho agujero, se propuso hacer un viaje a lejanos países; pero creyendo necesario aconsejarse antes de alguien, comunicó su proyecto a dos Cuervos, íntimos amigos suyos. —«Estamos dispuestos a complacerte, (contestaron aquellos), y si no tienes miedo, te conduciremos por los aires para que puedas visitar en poco tiempo las diversas partes del mundo. Nosotros nos encargamos de buscar el medio de llevarte, y si te decides, bien pronto quedarán satisfechos tus deseos.»— Aceptada la oferta por la futura viajera, proveyéronse sus amigos de un flexible junco; dijeron a la Tortuga que se cogiese con los dientes del centro, recomendándola que no soltase, y atravesándose ellos en el pico cada uno de los extremos, remontáronse por los aires rápidamente. Por todas partes se admiraban las gentes de ver al pesado animal viajar de aquel modo, y pasando cierto día por un pueblo, gritó un campesino: —«¡Milagro! ¡Milagro! ¡Venid a ver cómo viaja por las nubes la reina de las tortugas!» «No te burles, (replicó la viajera), que por tal me tengo.»— Mejor hubiera hecho en seguir adelante sin decir nada, pues al abrir la boca soltó el junco, y cayendo sobre un peñasco, se hizo una tortilla. 

La imprudencia, la charlatanería y la vanidad tienen un estrecho parentesco y son hijas de un mismo linaje.  

(Traducción directa del griego por Eduardo Mier y Barbery)


La Leyenda del Rey Arturo, sir Thomas Malory

Capítulo 5

De los prodigios y maravillas de una espada sacada de una piedra por dicho Arturo

Seguidamente corrió el reino gran peligro durante mucho tiempo, pues cada señor poderoso en hombres se hizo fuerte, y muchos pensaron proclamarse rey. Entonces fue Merlín al arzobispo de Canterbury, y le aconsejó que mandara mensaje a todos los señores del reino, y a todos los gentiles hombres de armas, de que debían acudir a Londres por Navidad so pena de execración; y por este motivo: porque Jesús, que había nacido esa noche, obrase con su gran merced algún milagro, ya que había venido para ser rey de la humanidad, y señalase por ese milagro quién debía ser el rey legítimo de este reino. Así, pues, el arzobispo, por consejo de Merlín, mandó que todos los señores y gentiles hombres de armas acudiesen a Londres por Navidad; y muchos de ellos purificaron su vida, a fin de que sus plegarias fuesen más aceptables a Dios.

Así pues, mucho antes de que amaneciese se hallaban todos los estados en la más grande iglesia de Londres para rezar. Y una vez terminados los maitines y la misa primera, vieron en el patio de la iglesia, ante el altar mayor, una gran piedra cuadrada, semejante a un bloque de mármol, en cuyo centro había como un yunque de acero de un pie de alto, e hincada en él de punta, una hermosa espada desnuda, y en ella unas palabras escritas en oro que decían: QUIENQUIERA QUE SAQUE ESTA ESPADA DE ESTA PIEDRA Y YUNQUE, ES LEGÍTIMO REY NATO DE TODA INGLATERRA. Entonces la gente se maravilló, y fue a contárselo al arzobispo.

—Os ordeno —dijo el arzobispo— que permanezcáis dentro de la iglesia, y sigáis rezando a Dios; que ningún hombre toque la espada hasta que haya acabado del todo la misa mayor.

 Y una vez acabadas las misas fueron todos a ver la piedra y la espada. Y al leer su leyenda, probaron algunos, los que querían ser rey. Pero nadie pudo mover la espada, ni sacarla.

—No está aquí —dijo el arzobispo — el que ha de conseguir la espada, pero no dudéis que Dios lo dará a conocer. Pero éste es mi consejo: que proveamos diez caballeros, hombres de buena fama, para que guarden esta espada.

Así se estableció, y se hizo pregón de que cualquiera que quisiese podía intentar ganar la espada. Y el día de Año Nuevo los barones hicieron un torneo y justa para que todos los caballeros que quisiesen justar o tornear pudiesen hacerlo. Y todo esto se dispuso con objeto de tener juntos a señores y comunes, pues el arzobispo fiaba en que Dios le haría saber quién ganaría la espada.

Así, pues, el día de Año Nuevo, acabado el servicio religioso, fueron los barones al campo, unos a justar y otros a tornear. Y acaeció que sir Héctor, que tenía grandes posesiones en Londres, acudió a la justa, y con él fueron su hijo sir Kay y el joven Arturo, hermano de leche de éste; y sir Kay había sido hecho caballero en la anterior fiesta de Todos los Santos. Y mientras cabalgaban camino de la justa, sir Kay echó de menos su espada, que se había dejado en casa de su padre; así que rogó al joven Arturo que fuese por su espada.

—De buen grado lo haré —dijo Arturo, y cabalgó deprisa en busca de la espada. Y cuando llegó a la casa, la señora y todos se habían ido a ver justar.

Entonces Arturo, contrariado, se dijo: «Iré al atrio de la iglesia y me llevaré la espada que hay hincada en la piedra, pues no estará mi hermano sir Kay sin espada este día».

Y al llegar al atrio de la iglesia se apeó sir Arturo, ató el caballo en la entrada, fue a la tienda, y no halló a ningún caballero en ella, ya que estaban en la justa; tomó la espada por el puño y la sacó de la piedra vigorosamente con facilidad; tomó el caballo, emprendió el camino, fue a su hermano sir Kay y le entregó la espada. Luego que sir Kay vio la espada, supo que era la espada de la piedra; así que fue a su padre, sir Héctor, y dijo:

—Señor, he aquí la espada de la piedra; por tanto debo ser rey de esta tierra.

Cuando sir Héctor vio la espada, volvió a la iglesia, se apearon allí los tres, y entraron en la iglesia. Y al punto ordenó a sir Kay que le dijese, jurando sobre los Evangelios cómo había obtenido la espada.

—Señor —dijo sir Kay—, por mi hermano Arturo, pues él me la ha traído.

—¿Cómo habéis sacado esta espada? —dijo sir Héctor a Arturo.

—Señor, os lo diré. Al volver por la espada de mi hermano, no he hallado a nadie en la casa para que me la entregase; y pensando que mi hermano no debía quedar sin espada, he venido aquí con presteza y la he sacado de la piedra sin esfuerzo.

—¿Hallasteis algún caballero junto a esta espada? —dijo sir Héctor.

—No —dijo Arturo.

—Ahora comprendo —dijo sir Héctor a Arturo— que debes ser rey de esta tierra.

—¿Por qué yo —dijo Arturo—, y por qué motivo?

—Señor —dijo Héctor—, Dios así lo quiere, pues ningún hombre habría sacado esta espada, sino el que será legítimo rey de esta tierra. Ahora mostradme si podéis meter la espada donde estaba, y sacarla otra vez.

—Eso no requiere ninguna destreza —dijo Arturo, y la hincó en la piedra.

A continuación probó sir Héctor a sacarla, y no pudo.

domingo, 23 de octubre de 2022

Eco y Narciso [Metamorfosis de Ovidio]


Este Tiresias, famosísimo en las ciudades aonias, daba respuestas irreprochables a gente que se las solicitaba. La primera que puso a prueba la fiabilidad y la validez de sus predicciones fue la azulada Liríope, a la que en otro tiempo el Cefiso envolvió en sus meandros y, encerrada en sus aguas, la forzó. De su vientre grávido la hermosísima ninfa dio a luz un niño, ya entonces digno de ser amado, al que llamó Narciso. Al preguntarle ella sobre él, si llegaría a ver los largos años de una vejez madura, dijo el adivinador del porvenir: «Si no llega a conocerse a sí mismo». Durante mucho tiempo parecieron vanas las palabras del augur; pero el final y los hechos las ratifican, y el tipo de muerte, y la novedad de su locura.

Pues el hijo del Cefiso había cumplido un año más de quin­ce y podía pasar por niño y por joven; muchos jóvenes, muchas muchachas lo desearon pero ningún joven, ninguna mucha­cha lo tocó (tan terrible soberbia cabía en belleza tan tierna). Mientras perseguía a unos asustadizos ciervos para atraparlos en sus redes lo vio una ninfa de hermosa voz, que no había aprendido a no contestar al que habla, ni a hablar ella primero, Eco, la que repite los sonidos. Eco era todavía un cuerpo, no únicamente una voz; y sin embargo, utilizaba, parlanchina, su boca del mismo modo que ahora, repitiendo de muchas palabras siempre las últimas. Esto había sido obra de Juno, pues, siempre que tenía posibilidad de sorprender a las ninfas en el monte yaciendo debajo de su Júpiter, Eco, muy prudente, entretenía a la diosa con largas conversaciones hasta que las ninfas huyeran. Cuando la Saturnia se dio cuenta dijo: «Tendrás poco control sobre esa lengua por la que he sido engañada, y un limitadísimo uso de la voz». Y confirma sus amenazas con hechos; Eco solamente repite los últimos sonidos de las frases y reproduce las palabras que ha oído. En fin, vagaba Narciso por parajes apartados cuando lo vio y se enamoró; sigue sus pasos furtivamente, y cuanto más lo seguía, más se inflamaba con la proximidad de la llama, del mismo modo que el vivaz azufre que impregna la punta de las antorchas arrebata las llamas que se le acercan. ¡Cuántas veces intentó aproximarse con palabras suaves y presentarle dulcemente sus pretensiones! Su naturaleza se opone y no le permite empezar; pero ella está dispuesta a esperar algún sonido para repetirlo con sus propias palabras, cosa que sí le está permitida. Y ocurrió que el muchacho, apartado del grupo de sus fieles compañeros, dijo: «¿Hay alguien ahí?», y Eco respondió: «Ahí». Él se asombra, lanza miradas en todas direcciones, da grandes voces: «¡Ven!»; ella lla­ma a su vez al que la está llamando. Él mira hacia atrás y, como no viene nadie, dice de nuevo: «¿Por qué huyes de mí?», y recibió como respuesta tantas palabras como pronunció. Él insiste y, engañado por el reflejo de una voz que le respondía, dice: «Aquí, juntémonos», y Eco, que no respondería de mejor grado a ningún sonido, repitió «Juntémonos»; y ella misma ayuda a sus palabras, y, saliendo del bosque, se disponía a rodear con sus brazos el cuello tan deseado. Él huye, y en su huida dice: «Quítame las manos del cuello; prefiero morir a que goces de mí». Ella no repitió nada más que «que goces de mí». Despreciada, se oculta en el bosque y cubre su rostro avergonzado entre el follaje y desde entonces vive en grutas solitarias. Pero su amor permanece, y aumenta con el dolor de verse rechazada, y el sufrimiento que la mantiene en vela hace adelgazar su pobre cuerpo, la flacura arruga su piel, y toda la frescura de su cuerpo se evapora en el aire. Sólo le quedan la voz y los huesos; la voz permanece; dicen que sus huesos se transformaron en piedra. [Desde entonces se esconde en la espesura, y no se la ve en ninguna montaña; todos la oyen; el sonido es lo que pervive de ella.]

 

Génesis [fragmento] - La creación

1 En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.

3 Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

4 Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas.

5 Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día.

6 Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.

7 E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así.

8 Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana el día segundo.

9 Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.

10 Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.

11 Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así.

12 Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.

13 Y fue la tarde y la mañana el día tercero.

14 Dijo luego Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años,

15 y sean por lumbreras en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra. Y fue así.

16 E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.

17 Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra,

18 y para señorear en el día y en la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno.

19 Y fue la tarde y la mañana el día cuarto.

20 Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos.

21 Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie. Y vio Dios que era bueno.

22 Y Dios los bendijo, diciendo: Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares, y multiplíquense las aves en la tierra.

23 Y fue la tarde y la mañana el día quinto.

24 Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.

25 E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno.

26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.

27 Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

28 Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

29 Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer.

30 Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.

31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.

2 Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos.

2 Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo.

3 Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Cuentos para identificar tiempo.

 

Tal vez mañana

Desperté muy temprano, aún no sonaba el despertador, pero simplemente ya no pude conciliar el sueño. Forcé a mi cuerpo a descansar un poco más y sucedió. 

No tenía ni idea de cómo había llegado a la escuela, pero ahí estaba yo enfrente de todos en el salón mientras la maestra lloraba en su escritorio por lo que parecía haber sido una golpiza de mi parte. Todos me miraban estupefactos y asustados, pero yo simplemente no recordaba nada.

Salí del salón y comencé a revisar mi celular, tenía varios mensajes previos de lo que había ocurrido en la mañana, pero simplemente yo no recordaba nada desde que había intentado volver a dormir. 

No es la primera vez que me pasa, cada día el suceso con el que empiezo a recordar es más violento, pero parece ser que aún no descubro el porqué de mi amnesia, tal vez mañana... 

La buena conciencia

En el centro de la Selva existió hace mucho una extravagante familia de plantas carnívoras que, con el paso del tiempo, llegaron a adquirir conciencia de su extraña costumbre, principalmente por las constantes murmuraciones que el buen Céfiro les traía de todos los rumbos de la ciudad.
Sensibles a la crítica, poco a poco fueron cobrando repugnancia a la carne, hasta que llegó el momento en que no sólo la repudiaron en el sentido figurado, o sea el sexual, sino que por último se negaron a comerla, asqueadas a tal grado que su simple vista les producía náuseas.
Entonces decidieron volverse vegetarianas.
A partir de ese día se comen únicamente unas a otras y viven tranquilas, olvidadas de su infame pasado.

Fiesta sorpresa

Hoy mi casa es un velorio, pero ayer mi casa era una fiesta. Mis papás invitaron a todo mundo: llegaron parientes, amigos y vecinos, todos muy bien disfrazados. Hubo abrazos, café y coca colas. Mi tía Lola recitó algunos versos de Horacio Quiroga, una prima lejana fingió un desmayo, yo estrené pantalón largo y nadie me mandó a la cama temprano. Todo, gracias a la muerte repentina de mi hermanita. 

Cuentos para identificar lugar

 

La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.

El perro que deseaba ser un ser humano

En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.

Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.

Fragmento Hamlet, W. Shakespeare

  ACTO III Escena   Primera Entran el rey, la reina, Polonio, Ofelia, Rosencrantz, Guildenstern y caballeros Rey:                  ¿Y ...